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By Mary Renault

En esta novela destacan dos aspectos, los angeles recreación de l. a. época, con especial antención por el aspecto intelectual y las normas de convivencia que rigieron l. a. sociedad, y por otro, l. a. sensibilidad de los angeles autora en los angeles exposición del sentimiento de los angeles amistad. Esto permite que tanto los lectores aficionados a los angeles novela históri

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La hora veinticinco

Barcelona. 1950. Luis de Caralt. 20x15. 402p.

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Primero me preguntó cómo me había ido en la escuela. Para bromear, contesté: —No muy bien. Micco me ha azotado, por haber olvidado la lección. Pensé que por lo menos me preguntaría qué me había hecho olvidarla, pero sólo dijo: —¿No te averguenzas? Sin embargo, al ver que volvía la cabeza para mirarme, reí, y ella rió también. La inclinación de su cabeza recordaba a un pajarillo esbelto, de ojos brillantes. Al estar de pie a su lado, observé que yo había vuelto a crecer, pues mientras los ojos de ambos estaban al mismo nivel antes, los míos llegaban ya a la altura de sus cejas.

Zenón expresaba fieramente sus opiniones democráticas; Hipias, que estaba acostumbrado a tratar a sus discípulos como si estuvieran aún en la escuela, les había dejado que discutieran entre ellos, y estaba enrojecido de tanto llamarlos al orden; Dionísodoro y su hermano, sofista de poca monta, que enseñaban cualquier cosa, desde virtud a bailar en la cuerda floja, a bajo precio, gritaban como vendedoras del mercado, denunciando a Alcibíades, y enfureciéndose con quienes reían, pues bien sabido era que Alcibíades se había enfrentado con los dos a la vez, acallándolos con media docena de respuestas.

Mentalmente le coloqué junto a su estatua en el vestíbulo. La comparación era fácil, porque su rostro estaba afeitado, moda nueva, entonces, que los atletas habían impuesto últimamente. Me pareció una lástima que alguien no hiciera otro bronce de él, en su virilidad. El cabello, que llevaba corto, algo rizado, y como en él se mezclaban hebras doradas y broncíneas, brillaba como un casco de bronce con incrustaciones de oro. Mientras yo pensaba en él, Lisias miró a su alrededor. Era evidente que no recordaba haberme visto anteriormente; sin embargo, me sonrió como diciéndome: «Acércate, si quieres; nadie te comerá».

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